domingo, 30 de julio de 2017
Poemario A plena luz...
Ya se puede comprar el libro por internet...a qué esperáis???
http://lastura.es/?product=a-plena-luz-antologia-20082015
o pedirlo en alguna librería cercana adonde vivís...aunque tardará unos días en estar en ellas... http://lastura.es/?page_id=475
y en las librerías de Latinoamérica (Ozonum (Argentina), Tematika.com(Argentina), Boutique del libro (Argentina), Paidós (Argentina), Ghandi (México), Libros Unam (México), Librería del Ermitaño (México) y Librería de la U (Colombia)) creo que para septiembre.
TRAGEDIA
Cuando el paciente supo que tenía cáncer pancreático, lloró profusamente durante un cuarto de hora, pidió permiso para lavarse la cara, secó su dolor en la toalla, le dio un abrazo a suoncóloga,
anotó el inicio de la quimioterapia, se calzó el gabán, salió de la consulta, sacó el iphone,
buscó el wasap, en él un Norte: Nerea y escribió sin mentir:
«todo ha salido bien, cariño, no temas, estoy enfermo de vida.»
Diez minutos más tarde ella tiñó el mundo de color azul (aviso de lectura) y le envió una cara con un beso en la boca dentro de un corazón.
Él subió al autobús y al pasar por el parque recordó que Nerea, entonces, ni siquiera le hablaba.
Entonces.
Sonrió al observar a un niño bajando un tobogán y supo que el amor, como los críos, es una bella entelequia que sube toboganes (con frecuencia falsos) y a menudo los baja.
«Estoy bien, cariño. No pasa nada. Te quiero mucho, amor.»
Daniel Izquierdo
sábado, 29 de julio de 2017
INFANCIA
Este poemita, escrito a los 13 años en las últimas páginas de la libreta escolar de naturales, me ha reconciliado con el niño endeble que en la noche de su primer octavo (repetí curso) lo escribía.
Entonces como ahora, por un lado crecía yo y por el otro, el mundo. Nunca tuve un desarrollo sincrónico.
No, no me enorgullezco. A mi modo, sufrí mucho en aquellos años. También amé. También soñé. Los apellidos del sufrimiento.
Qué cosas la vida. Han pasado los años y sólo conservo, de la infancia, los versos de Neruda (vacié en mis ojos sus obras completas), una maqueta ferroviaria que no podía usar, los besos de mis padres, la risa de mis yayos, la luz de Aragón, el sagrado nacimiento de mi hermana.
Eso y unos cuantos amigos de Aguilar del Alfambra. Y unas pocas noches en la fuente. Y otras tantas tardes en la plaza.
Y algunos poemas que escribió aquel niño que hacía tonterías públicas y en la soledad del cuarto, se desangraba.
No tiene valor, tampoco título pero aquella tarde en clase de ciencias naturales, mientras todos crecían acorde con sus cuerpos yo era un párvulo adolescente enganchado a Neruda, Lorca, Machado, Hernández, Vallejo como un lactante al pezón de las palabras.
Queda este poema, la huella del fui:
Lo que la mano apresa
cuando contemplo el mar
y su callar te nombra
es lo que forja al hombre
que escribe estas palabras
al filo de la amnesia
y te acallas.
Y también esa flor
que abre su ambrosía
al otoño del mundo,
mientras arde el recuerdo
como un buzón sin ti
al otro lado (o dentro)
de las huellas atlánticas.
Por donde huye el mal,
su sandalia irredenta
hacia ninguna parte:
la despatriada patria de las olas,
huye el hombre que escribe
en los ojos del niño
poemas para huir de la intemperie.
Ese hombre soy yo
porque no lo seré
(me atrapará la muerte)
y he de serlo ahora,
ahora en esta clase
ahora en esta clase
con guisantes de Mendel
y luces mortecinas.
Tengo 13 años
y escribo con temblores
porque contemplo el mar
cuando pienso la vida.
(Jueves, 20 de octubre de 1988)
Daniel Izquierdo
Daniel Izquierdo
viernes, 28 de julio de 2017
DÉJÀ VU (Repesca)
De pronto te auguran cinco meses de vida.
Ciento cincuenta días.
Ciento cincuenta noches.
Ciento cincuenta insomnios.
De pronto...
El alta. Te quitan el pijama azul del Insalud,
la pulsera blanca donde pone tu nombre
(lo que queda de ti) mientras te apagas
(y eres niebla) Te cambian el pañal.
Te auguran cinco meses de vida.
No has leído a Henry Darger, ni has visto Singapur
con tus ojos. No has bebido las aguas de Ceilán,
no has olido la nieve en Vladivostok.
Cinco meses. No te has enamorado.
O sí. Qué más da...
¿Qué quedará de ti el día ciento cincuenta y uno?
No puedes saberlo. Y escribes un poema. Este poema.
Un soneto extraño con la rima del cielo
y el frío de la noche.
Te quitan las agujas,
la enfermera de guardia te besa en la mejilla.
Detrás del mostrador, Mireia, la más joven,
intenta no llorar. Y se muerde los labios.
Y notas en la piel su mordedura.
Te cambian el pañal, te adecentan, te ponen colonia
por la cara; eres tú, tú otra vez. Poeta.
Mañana, en Salamanca, presentas poemario.
Dentro de seis meses, conferencia en Madrid.
Sonríes. Te auguran cinco meses de vida.
Ciento cincuenta noches.
ciento cincuenta días.
Ciento cincuenta insomnios.
Daniel Izquierdo
jueves, 27 de julio de 2017
POÉTICA
Es matemático. Todas las noches, antes de acostarme, escucho pasos tras de mí y al volver la vista atrás, se disuelven en el aire.
Mi psiquiatra dice que son las pisadas de la melancolía en la arena torva de la noche, que no las atienda, que no me perturbe, que las deje fluir por donde vengan, que haga del olvido su desagüe.
Mi amigo editor contradice al galeno, a su juicio esos pasos son los dedos del tiempo en el "steinway and sond" de la soledad, dice que mi mente es una pianista anclada en un poema, que al irme a dormir oigo su galope por la piel de un crepúsculo aún por herrar. Pero no lo oigo, lo escucho.
Los pasos en la noche se escuchan sin más.
Mónica, mi psicóloga, desmiente al médico y matiza al editor. Opina que ese espectro es una caracola y el dolor cotidiano el run run de las aguas dentro de ese tímpano de espuma mineral, que extienda los brazos hacia él en lo obscuro, que no intente apresarlo, que tampoco lo nombre. Si intuye la brida de la palabra exacta me puede cocear.
Rilke niega a todos (psicóloga, editor y psiquiatra) sabe que esas voces son, sin más, la escollera del mundo; una cama vacía la ola en la ensenada. El deportado que quiso transformarse en frontera para así regresar.
Cada vez que las capto, recito a Rilke en silencio y ellas, las voces, callan inconexas.
Vencido por el sueño, reclino en ellas la noche y la noche es mi almohada.
En mi cama vacía, Ponce el matasanos, Claudio el editor y Mónica la importante, mascan mate y un mar de garrafón.
Mis poemas los miran.
Al amanecer, contarán lo que saben.
Y callaré yo.
Daniel Izquierdo
miércoles, 26 de julio de 2017
El calor de tu cabeza en mi brazo
El calor de tu cabeza en mi brazo
dejó sus huellas por todas las paredes de mi casa.
El breve cadáver de la tarde manca y el amor,
aún hoy conversan a mi lado.
Mozart envolvía el horizonte. Lo arrullaba sin fe.
Mozart. El destino quiso amordazar a Mozart.
Bajaste en una estación cuyo nombre aún releo
en las noches de insomnio. ¡Qué largas son las noches
en las que uno no puede despertar!
Retomé a Pressburger desaforadamente.
Al instante, levanté la vista del tomo concluido.
Sonreí acaso. ¿Qué oculta Venus con su mano derecha
en el cuadro de Sandro Botticelli?, pregunté.
Granados y su andaluza me anunciaron el final de un
largo viaje.
Me apeé en el andén de una estación cuyo nombre ya he
olvidado.
El
tren,
sobre
las aguas, sabe la canción de los años
deshauciados.
Al otro lado de la nada, un director de orquesta quisiera dirigir
la marcha fúnebre de la evanescencia,
pero no tiene con qué tomar la batuta.
Venus, en su concha, rebosa rubor.
Hazme caso, no leas a Pressburger.
Quizá mañana te deje mi teléfono.
Daniel Izquierdo
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