lunes, 7 de septiembre de 2009
Si pudiera
Si pudiera rozarte apenas;
si pudiera en tu piel escribir un poema:
¡Qué herida!
Manuel Martínez Forega
domingo, 6 de septiembre de 2009
DESCONECTARSE y más
Desconectarse
Noto tus pasos detrás de mí,
sigues el mecer de mis caderas
por los ajados pasillos de un hotel.
Un laberinto palpita ligero.
Abro la puerta y entras.
Te miro sentado en la cama hablándome.
Sé que tras cada frase tuya existe una mirada,
el dulce desasosiego,
el corazón de la tiniebla.
Intento contestarte sin perder el control.
Todavía no.
Aplazo el abandono;
aún quiero ser yo mía unos instantes.
Se abre el precipicio de tus ojos.
Tus manos se adentran en mi falda.
Estás hermoso.
Te deseo.
Como siempre
o más.
Me dejo llevar por tus besos y te huelo.
Tu aroma se enseñorea de mi cuerpo
y jugamos a jugar,
a reinventarnos,
a adivinarnos detrás de cada gesto.
Es tan fácil estar contigo.
No hay lucha,
nadie quiere ganar.
Cae la tarde y yo me vuelvo hiedra en ti.
Sólo necesito tu piel para estar viva.
Asirme en un abrazo largo y tendido
mientras me susurras
y me siento diosa de diosas entre tus manos.
Ésas con las que dibujas en mi rostro siluetas
con dedos pincelados
de todos los colores de la ternura.
Me rindo a tus silencios.
Ahogo mi llanto
-sois tan frágiles a veces-
pero estoy flotando entre tus caricias.
Me preguntas qué quiero
y yo no quiero nada,
porque todo lo tengo.
Sólo necesito anudarme a tu cuerpo,
no pensar,
olerte,
sólo olerte lo mismo que una loba.
Plantamos acacias de abismos en la piel estremecida.
Volvemos a jugar.
Las piezas ya dispuestas,
se avecina el jaque.
Mi cuerpo espera ansioso el lance final,
sentirte dentro,
pero no quiero que acabe aún la partida.
No quiero.
No quiero.
Sé que tras el mate te marchas
y no quiero echarte de menos.
Esta vez te vas antes porque dices que vuelves,
pero no volverás
-lo sé-
y te vas a ir antes de tiempo.
Espinas se clavan en las sombras.
Y te fuiste,
vestido de ese otro tú que no me pertenece.
Todo sigue oliendo a ti en tu ausencia.
Estás.
Pero el sueño retoma los caminos hacia el otro mundo,
ése en el que se conjugan verbos sin ti:
almorzar,
pagar,
coger un taxi,
volar.
Y sigue lloviendo sin pedir permiso.
Pura Salceda (de su libro Versos de perra negra)
sábado, 5 de septiembre de 2009
Al cielo
El puro azul ennoblece
mi corazón. Sólo tú, ámbito altísimo
inaccesible a mis labios, das paz y calma plenas
al agitado corazón con que estos años vivo.
Reciente la historia de mi juventud, alegre todavía
y dolorosa ya, mi sangre se agita, recorre su cárcel
y, roja de oscura hermosura, asalta el muro
débil del pecho, pidiendo tu vista,
cielo feliz que en la mañana rutilas,
que asciendes entero y majestuoso presides
mi frente clara, donde mis ojos te besan.
Luego declinas, ¡oh sereno, oh puro don de la altura!,
cielo intocable que siempre me pides, sin cansancio, mis besos,
como de cada mortal, virginal, solicitas.
Sólo por ti mi frente pervive al sucio embate de la sangre.
Interiormente combatido de la presencia dolorida y feroz,
recuerdo impío de tanto amor y de tanta belleza,
una larga espada tendida como sangre recorre
mis venas, y sólo tú, cielo agreste, intocado,
das calma a este acero sin tregua que me yergue en el mundo.
Baja, baja dulce para mí y da paz a mi vida.
Hazte blando a mi frente como una mano tangible
y oiga yo como un trueno que sea dulce una voz
que, azul, sin celajes, clame largamente en mi cabellera.
Hundido en ti, besado del azul poderoso y materno,
mis labios sumidos en tu celeste luz apurada
sientan tu roce meridiano, y mis ojos
ebrios de tu estelar pensamiento te amen,
mientras así peinado suavemente por el soplo de los astros,
mis oídos escuchan al único amor que no muere.
Vicente Aleixandre
viernes, 4 de septiembre de 2009
Cry baby
“¿No sabes, cariño,
Que nadie te amará nunca como yo trato de hacerlo?
¿Quién aliviará todo tu dolor, cariño, y también toda tu angustia?”
(Cry baby, Janis Joplin)
Qué más quisiera yo que haberte amado y quedarme en tus ojos de albatros y en el jardín. Giro completamente en torno a la rotonda, 360 grados, con la intención de regresar a decírtelo hace doscientos años. Si se cierra el semáforo será tarde. La única puerta que conozco se habrá desvanecido tras la niebla: la ciudad invisible, el jardín arrasado. Hay un tipo que canta una canción, a rastras como la lluvia, en la radio del coche. No servirá de nada, pero insisto en recordar su nombre que sé que olvidaré. Creció en Montevideo y hoy vive en Barcelona: me acordaré de esto sin embargo, aunque no signifique nada para mí. Es una carretera que termina en el mar. Eso me basta. De tus ojos de albatros no me olvidaré nunca.
Luisa Miñana
jueves, 3 de septiembre de 2009
HÁZMELO TODO, MI VIDA
Házmelo todo y házmelo bien, mi vida.
Quiero ver el deseo en tus ojos,
como cuando estás en la cadena metiendo tornillos,
y quedan pocos minutos para salir.
Esta noche me apetece. No pienses en nada.
Sólo hagámoslo.
Como si los agotados relojes no fueran a marcar,
nunca, la hora de fichar en la fábrica,
y nadie notara si llegamos tarde
a nuestro puto puesto de trabajo.
Como si no existieran otros cuerpos que los nuestros,
para descargar todo el placer de este mundo,
y el tiempo…
nos perteneciera.
Así quiero que me lo hagas, mi cielo.
Como si toda la frustración y el desencanto de la tierra
pudieran quemarse en éste pozo sin fondo.
Como se queman los años, sin detenerse.
Celebremos de noche la vida y de día…,
de día… celebremos la muerte, mi amor.
Dolores Bernal
miércoles, 2 de septiembre de 2009
Siete cantos a la muerte
Azulada muere la primavera; bajo sedientos árboles,
camina un ser oscuro en el ocaso
escuchando la dulce queja del mirlo.
Silenciosa aparece la noche, con un venado sangrante
que se abate lentamente en la colina.
La húmeda brisa mece la rama del manzano en flor,
se desata plateado lo que estuvo unido,
muriendo con ojos nocturnos; estrellas que caen;
dulce canto de la infancia.
Iluminado bajó el durmiente por el bosque negro,
murmuraba una fuente azul en la distancia
cuando él levantó sus pálidos párpados
sobre su rostro de nieve.
La luna espantó un rojo animal
de su guarida,
y el oscuro lamento de las mujeres murió en suspiros.
Radiante levantó sus manos hacia su estrella
el blanco forastero;
y silencioso abandona un muerto la casa derruida.
Oh la imagen corrupta del hombre;
fundida con fríos metales,
noche y espanto de bosques sumergidos
y el ardor del animal solitario;
quietud de las corrientes del alma.
La barca sombría lo llevó por cauces fulgurantes,
llenos de estrellas púrpuras, y se inclinó
apacible sobre él la verde rama,
como una blanca amapola desde sus nubes de plata.
Tendida en el bosque de avellanos
juega con sus estrellas.
El estudiante, quizá un doble,
la sigue con la vista desde la ventana.
Detrás de él está su hermano muerto,
o tal vez baja por la vieja escalera de caracol.
A la sombra de los pardos castaños
palidece la figura del joven novicio.
El jardín está en el ocaso.
En el claustro revolotean murciélagos.
Los hijos del portero dejan de jugar
y buscan el oro del cielo.
Acordes finales de un cuarteto.
La pequeña ciega corre temblando por el camino
y después su sombra va a tientas por muros fríos,
rodeada de cuentos y leyendas sagradas.
Hay un navío vacío que al atardecer
desciende por el negro canal.
En las tinieblas del viejo asilo caen ruinas humanas.
Los huérfanos yacen muertos junto al muro del jardín.
De alcobas en penumbra
surgen ángeles con alas manchadas de barro.
Gotean gusanos de sus párpados amarillentos.
La plaza de la iglesia es sombría y silenciosa
como en los días de la infancia.
Sobre pies de plata se deslizan antiguas vidas
y las sombras de los condenados
descienden hacia las aguas suspirantes.
En su tumba juega el mago blanco con sus serpientes.
Silenciosos sobre el calvario
se abren los dorados ojos de Dios.
Versión de Helmut Pfeiffer
Georg Trakl
martes, 1 de septiembre de 2009
La certidumbre de existir
Si
lo he visto todo
todo lo que no existe destruir lo que existe
la espera arrasa la tierra como un nuevo diluvio
el día sangra
unos ojos azules recogen el viento para mirar
y olas enloquecidas llegan hasta la orilla del país silencioso
donde los hombres sin memoria
se afanan por perderlo todo
En una calle de apretado silencio transcurre el asombro
todo retrocede hasta un limite inalcanzable para el deseo
pero tu y yo existimos
tu cuerpo y el mío se adelantan y aproximan
y aunque nunca se toquen aunque un inmenso vacío los
separe
tu y yo existimos
Aldo Pellegrini