jueves, 6 de julio de 2017

La iglesia se alza temible y pretende alcanzar el cielo




«Celebraré a los hombres que trabajan, sueñan y se desesperan, y caminan torpemente hacia una muerte anónima y hacia el domingo,»

LÊDO IVO


La iglesia se alza temible y pretende alcanzar el cielo, sin atender al mismo cielo que le acompaña en cada piedra. El cielo se acerca cuando desnudo nada se interpone entre nuestros cuerpos y el aire que nos manifiesta, si acaso el sudor del trabajo, si acaso el pesar del cansancio. Por ello cuando la puerta no responde a su propósito: dejar entrar y recoger, dejar salir y compartir, será inútil moneda depositada y ruin.



En la iglesia pesan tanto las piedras del suelo que impiden elevarse hacia el cielo y en el silencio tras el esfuerzo, suenan murmullos, lamentos, secretos, suenan saludos, adioses, insultos, y la pregunta de un niño sobre el lugar de la muerte.



Puede que hagamos de este lugar memoria, puede que tengamos esperanza en la vida eterna del alma desdoblada, puede que reencarnemos en la memoria olvidada de otro, puede que leas estos versos pasados los años de mi muerte y al recorrer las calles de la ciudad

de Toro reconozcas un mismo río y arboleda, una iglesia de piedra en el vano afán de tocar el cielo.



Las arquitecturas no son la importancia, antes muchas otras fueron abandonadas a la ruina, ni las puertas antiguas a cuyo paso hay que depositar monedas. Es la herencia de nuestros antepasados que acarrearon las piedras, pintaron imágenes, pagaron diezmo o decidieron levantar iglesias altas, tan altas para acercarse a un cielo que estaba en otro lugar. Rastrea la huella del trabajo en la piedra hecha sillar: es el tosco andamio puesto para alcanzar la bóveda — hoy desaparecido — el único imprescindible para construirla y esa es la memoria que debemos.




Pablo Müller



miércoles, 5 de julio de 2017

En una esquina de la fábrica vieja hay un taller abandonado




«No existe vida

que, aun por un instante,

no sea inmortal.»

WISLAWA SZYMBORSKA




En una esquina de la fábrica vieja hay un taller abandonado


— ahora se almacenan los modelos —


a la luz color de polvo, en agosto, es la esquina del ajustador, donde el Maño calibra las piezas de máquina, ajusta la jornada.


A real y medio la sardina y media, ¿a cuánto son docena y media de sardinas?


En una esquina de la fábrica vieja hay un taller abandonado


con luz color recuerdo, el trabajo, polvo de metal, en las máquinas las huellas de los hombres ya muertos, las conversaciones de luz color olvido:


Cincuenta Horas Semanales. Cuarenta Y Cinco. Sábado inglés.


Severo, ponte junto a la máquina nueva que vamos a hacer una foto ¿Para qué? Para el archivo del Alemán.


Nadie para ya en el taller, la esquina del Maño, despacio, sin molestar al vacío, en el color mirada, mis dedos por los bordes de las mesas, por los mangos de las herramientas,


— la caricia de la mano del abuelo —


el ruido antiguo de los metales, el sonido de las correas, los golpes de la fundición, las palabras que se dijeron hace cincuenta años.


El silencio no me engaña, sé que están ahí escondidas con las esquirlas viejas, no han salido, a cambio han permitido que manche mis dedos buscando fotografías en el archivo del Alemán.




Pablo Müller




martes, 4 de julio de 2017

A Felixa Pineda López, luego Gertrudis





«A la muerte, una puerta abierta.»

JUAN CARLOS MESTRE



A Felixa Pineda López, luego Gertrudis, según resolución

del juzgado de Estella, dejo la rama verde de las estrellas

de julio, el último disparo del cañón del sur, y un viaje en

ferrocarril para llegarle tarde, como siempre, al entierro.


A la puerta del cuartel entrado en años, los soldados son 

de plomo terminado y donde las tabernas queda el dinero 

del hambre, ya no queda playa, ni las calles en línea, ni 

las plazas junto al puerto, porque han edificado soluciones.


Al revés de la memoria le han puesto el agujero de los 

expolios, ya no tengo el uniforme del miedo y de la rabia,
y aunque he engordado no le reconozco el pasado: es de 

otro — y el mismo.



Pablo Müller




lunes, 3 de julio de 2017

De niño quería ser soldado




«Todos los aguijones dulces que salen de las manos,

todo ese afán de cerrar párpados, de echar obscuridad o sueño,»

VICENTE ALEIXANDRE



De niño quería ser soldado,

como otros hombres de la familia,

— que disparaban los domingos a las palomas —

Capitán Trueno, El Jabato,

hasta que en una librería encontré

Espadas como Labios.

Le dije a mi padre que quería ser poeta

y me dio una paliza,

— un golpe en el labio, un golpe en la mejilla, un golpe

en la nariz y sangre, y otra vez en el labio,

— al ritmo de quien golpea pelota con pala en el frontón,

—, un golpe, labio, un golpe, mejilla, un golpe, nariz

y miedo.



Mi madre me llevó al baño y la sangre en la loza

escribió los versos, — recuerdo el ritmo de los golpes,

con el sonido alivio del agua corriendo,

con el sabor a sal de lágrima y sangre,

como un mar.




Pablo Müller




domingo, 2 de julio de 2017

Semana dedicada a Pablo Müller


















El topo como caso de perfección precaria





Hay quien postula que los topos trazan sus galerías al azar. Otros, sin embargo, consideran que sus diseños responden a un orden geométrico perfecto. Todo lo que es posible decir al respecto es que el topo planifica con las uñas. Mirar no va a andar mirando mucho, porque no ve. Un topo no es un búho, convengamos. Tampoco cava porque sí: negocia un equilibrio entre sus necesidades y los accidentes del terreno. El suyo es un orden permanentemente provisorio.



Marcelo Díaz




sábado, 1 de julio de 2017

Una buena parte de los cuentos de hadas no incluyen hadas en absoluto




¿Qué pensará el tipo que vive adentro del ratón Mickey, en los 40 grados de Orlando, cubierto de un peluche de 10 cm de espesor, cuando te ve pasar frente al castillo de los cuentos de hadas? ¿Se preguntará de qué reino llegaste, tan alta, tan hermosa, con esas piernas tan largas? ¿Te habrá visto pasar mientras daba unos saltitos como de alegría que lo depositaban junto a la familia en pose para la foto, y el sudor le bajaba por la frente y por la espalda? ¿Acaso calculaba, cuando pasaste, el coeficiente de felicidad que su presencia produce en el mundo, y se distrajo al verte? ¿Se habrá preguntado qué hacía él ahí, qué hacías vos ahí, qué cantidad de fotos llevaba acumuladas en el día? ¿Se preguntan los ratones esas cosas? No digo Pluto, tan boludo, pero Mickey, roedor insignia ¿se habrá preguntado a qué lugar del castillo te llevaban tus piernas? ¿Es posible saber, o tan siquiera sospechar, qué preguntas se hace el ratón Mickey, de sonrisa indeleble? ¿Tiene lo que se dice “vida interior”? ¿O todo lo que piensa, suda y siente es lo que piensa, suda y siente el tipo que lleva adentro? ¿Y qué cosas le preocupan de verdad al tipo que está siendo digerido por el ratón Mickey? ¿La cantidad de fotos/hora que produce? ¿La situación en Medio Oriente? ¿Un brote incontenible de ébola en Miami? ¿La íntima y secreta felicidad de las hadas? ¿La longitud del par de piernas que se cruzan? ¿Cobrará por foto? ¿Cobrará por hora? ¿Recibirá un plus si alcanza o supera cierto nivel en los índices de íntima felicidad de los turistas? ¿Se preguntará, en ese caso, desde una perspectiva estrictamente profesional, a cuánto asciende tu coeficiente de felicidad? ¿Y se preguntará, en ese caso, desde una perspectiva estrictamente profesional, a cuánto asciende el coeficiente de felicidad de tu esposo, que llega con tu hija de la mano, te dice “princesa”, y prefiere sacarse una foto con Pluto?



Marcelo Díaz