miércoles, 20 de enero de 2016

LA FALACIA DEL MARINERO URBANO



Aún no ha sido creado el Dios

que consiga

arrebatarme la fe.



Yo creo en el vacío

de la verborrea del hombre urbano.

Yo creo en el no valor

de los fáciles compromisos.

Yo creo en esa duda

en la hora fatal de la tarde

y en la gran conferencia de los paroxismos trasnochados.



Yo creo en las risas

escondidas en una sonrisa;

y en la sonrisa

que se oculta en una lágrima.

Yo creo en el amor

que no hace falta pronunciar.



Yo creo en lo humillante

y lo sometedor

con que a veces el sexo amenaza,

y en el éxtasis virginal

del sexo sublimado

en la caricia

y el beso.



Yo creo en la Madre Puta y Maruja

que parió esta tierra de hijos

medianos mediocres.

Yo creo en las modas que,

antes de sellar todo labio,

incitan las sonrisas.



Yo creo en el rugido del motor

a rendimiento perfecto

de la no revolución engullendo

el asidero de las ya pocas cosas ciertas.

Yo creo en el vértigo

de la hipoteca del vivir,

y en todo cuanto especulan

tras el pago de la última letra.



Yo creo en cuanto revelan

los silencios del sinsentido

de un sábado noche.

En los caminos

señalados por carteles de neón,

en el oficio sin beneficio

de quienes no tienen nada que hacer.



Yo creo en los post-

en los meta-

y en los sub-



Yo creo en la irreparable perturbación

de un temor o una verdad,

y en todo cuanto

el tiempo no promete.



Yo creo en la honradez

de quien conjuga estoicamente

la esquizofrenia en el fondo,

la cordura en las formas.



Yo creo en el retorno,

temblor de roca y pueblo,

a la inocencia pacifista

de una Era Infantil.



Yo ya no quiero

sino pisar y jugar la arena

con pies y manos de niño.

Oler la sal, oír las olas

con nariz y orejas de niño.



Yo ya no quiero

sino desnudarme

y entrar

y hacerle el amor al mar,

con pene de niño,

hasta gastar mis fuerzas en la fuerza

que hace a las cosas ser lo que son.


Julio del Pino