sábado, 11 de junio de 2016

Duermo sobre partituras de música que ya no suenan




Duermo sobre partituras de música que ya no suenan.

Mi espalda carga con el sedimento de espesas caricias.


La luz intermitente de mis ojos me permite ver el mundo a medias.

Me conformo.

Y lanzo hacia el pasado miradas eclécticas.


Mi corazón es un crómlech clavado en el cielo, sin superficie.


No estoy sola. La soledad juega entre mis dedos.

Se sube a mi cuello para recordarme que ha llegado.

Y siento la redondez de las horas imperfectas.


Navegación estática. Es mi respiración la que viaja quieta.

Busca aliento sin bacterias, hogar de madrugadas.


La seca tormenta trae grietas de tierra.


La lata abollada de sol aparece.

El deforme amarillo siempre con alguna mentira más.

Oportunidades solares, me dicen los peces subterráneos de mis venas:

silénciate algún día para no oír la claridad del vacío.


Pétalos de un ser superior me alcanzan la boca.

Tragar no es una opción.

Me levanto a tientas en la oscuridad oceánica.

Los corales hundidos nublan los sonidos del fondo.


El arca del dolor está lleno.

No es posible postergar su apertura.

Sé que me arrancará la máscara de alegría,

dando paso a una concentrada lágrima de tristeza autoinducida:

coma emocional para una vida sencilla.


El avestruz desembarca mis sueños en una roca pequeña. Caben.


Mi cuerpo toma forma humana.

Camino detrás de mí, como una sombra de plastilina.

Colores cotidianos en las uñas y las pestañas.

Volverán los viejos tiempos dentro de alguna vela pre-encendida.


La ausencia de mariposas hace de la tarde un lugar efímero.

¿Dónde están los puentes entre las ideas y los principios?


La realidad es una nube sucia, encima de todo, inalcanzable.

Se mueve sin maldad, pero hace daño con sus aletas de invierno.


El para qué envuelve las sólidas substancias indivisibles.


Y si me hablan del olvido de las alas,

mis brazos intentan alzar el vuelo desde mi acantilado íntimo.



Laura Villanueva