lunes, 3 de febrero de 2014

Días licuados




Hay días blandos en los que el sexo se antoja como un paseo escarpado

Da como pereza porque lo que deseas es nutrirte de abrazos asexuados o mejor dicho, asexuales, pegarte, fundirte, sintiendo cosquillas en la nariz con el vello de su pecho

Hoy es uno de esos días ya no blando, sino licuado, en los que llegas a casa derramándote, con los brazos arrastrando… y pienso donde estará esa piel que siempre hierve haciéndome infusión moruna cuando me acerco, cuando le rodeo desde atrás con mis brazos.

Y te encuentro donde siempre, vertiéndote sobre las hojas en blanco… desnudo de toda noción de mi presencia. Te observo sintiendo en mi memoria tu abrazo fuerte, amplio, esas manos extensas que me abarcan desde abajo y me elevan como si fuera ligera, etérea. Esa ingravidez me muerde por dentro buscando la salida entre mis piernas, porque al olerla, al anticiparla, soy yo la que se vierte sobre la alfombra, blanca.

Pero no, me digo, si yo hoy no busco eso, no quiero sexo, quiero abrazos de cucharita, abrazos ropero donde meterme y quedarme quieta, muy quieta, respirándote. Pero es inevitable que al pegarte a mí, sienta todo tu cariño, todo tu amor, erguirse buscando-me olfateando-me entre las piernas, entre las nalgas si me doy la vuelta, subiendo por mi espalda, por mi cuello, buscando mi garganta. Indaga, quiere saber, como se presenta la noche… quiere ser usado ya que lo despertaron. Y se hincha del propio enfado cuando ve que tu abrazo es dulce, es de amante amando…Y me rio de mi misma, porque siempre olvido que licuada, desarmada en la batalla del día y vencida, alborotada, con sueño o con hambre no puedo dejar de rehacerme las veces que hagan falta como la mala de terminator, y querer trepar por tus piernas, morderte la boca, los labios la lengua. Dejarme caer y ensartar ahogando con mi sexo los lamentos del hinchado, rosado y gran ofendido cuando creía que se iría a la cama sin cenarme. Y exigirte, suplicarte, que te muevas, que entres y no salgas, y aprietes hasta que no quede nada de ti por darme. Aunque siempre me engañas y también siempre, hay algo más que regalarme. Entonces si, tras rehacerme para volverme a romper de espasmos encima tuyo, me integro en tu piel como una célula más y cierro los ojos, deseando que a mitad de noche, despiertes a hervirme de nuevo la sangre




Tania Evans