sábado, 11 de octubre de 2014

LA SUERTE



Todas las mañanas cuando despierto
experimento un placer supremo:
el de ser Salvador Dalí.

Salvador Dalí



La suerte de llamarme Pedro Morillas,

la suerte del uso del morral

cargando los candelabros

del onanismo.


La suerte de levantarme cada día

y llamarme Pedro Morillas

y no saber con qué fin

usar el espejo

de la maledicencia.


La suerte, la increíble suerte

de experimentar el supremo placer

de llamarme Pedro Morillas,

la suerte de ponerme

frente a mí

totalmente

amartelado.


La suerte de los riegos jaricando

el nombre de mi propia

cosmogonía

teniendo la poesía

la ijada

de su propia

sospecha.


La suerte de asomarme al balcón

siendo Pedro Morillas,

ese hombre que se escala

al tiempo que caen

los chubascos

de su altura.


La suerte de tener

a los amigos contados

con el muñón.


La suerte de no sentirse

nunca

solio.


La suerte de decirse:

“Te quiero

tanto que

te tengo

que matar”.


La suerte de llamarme Pedro Morillas,

ese espantapájaros clavado

para mantenerse

en la distancia

del viento

con su treo.


La suerte de tener una idea fija

que no acaba de torcerse,

la suerte de ser siempre puntual

deshora,

la suerte de ir a todo tren

a través del rabión

donde es líquida la colección

de todos

mis remordimientos.


La suerte de practicarme

cariñosamente

el haraquiri

en la ceremonia

oficial

de mi coloramiento.


La suerte de haber nacido

con una segunda y

última

oportunidad.


La suerte de mi madre

y de mi padre

y de la madre

de la madre

que los banió.


La suerte de llamarme Pedro Morillas

y captarlo todo

con feliz

ametropía.


La suerte de levantarme cada día

Pedro Morillas

y dejar que taladre

el poema

un butrón

en la cóncava

cecidia

del cerebro.


La suerte de ser intolerante

a la astrosa

realidad.


La suerte de creerme un genio

creyéndose genialmente

desgraciado.


La suerte de ser adelantado,

que alguien pare

al caracol.


La suerte de planear conmigo

la conquista

de mi entrega.


La suerte de estar sentado en una silla

sentada en otra silla

y así hasta que todo en mí

es

asentamiento.


La suerte de tirar piedras

contra mi propio

legado

y de considerarme

sin lugar a dudas

el más importante ser

de la histeria

de la humanidad.


Y la suerte,

sobretodo,

de llamarme Pedro Morillas,

ser poseído

por Isel

y no importarme entonces

la suerte,

la repetida

suerte

de mi nombre.



Pedro Morillas