domingo, 17 de mayo de 2015

VII




En las nacientes horas de enero

que se ensombran de gélidos morados,

en el gemidor viento atiplado,

o en los extraños vahos de las alcantarillas,

yo veo al invierno.



En las gasas de nieblas argentadas,

en rosales desnudos,

en frondas rojigualdas,

o en los largos crepúsculos de fuego,

yo veo al invierno.



Lo veo

en el tórrido vuelo de gorriones,

en el navegar tardo de los ánades,

y en las escarchas blancas del césped;

en los alborescentes despertares,

en los trasnochadores faroles,

y en los ficticios haces del sol.



Pero también lo veo

en aquellos agónicos desahucios,

en los lánguidos rostros de la calle

en los nimbos violáceos de las filas del paro,

y en los avivorados discursos

de líderes abúlicos.




Así veo a este invierno

de vágulos andares,

preludios,

señales,

de aquella blanca dama

de rostro adulciguante.


Pablo Delgado