martes, 1 de diciembre de 2015

EL PULSO VIII



Sí, perdóname el cuerpo,

perdóname la sangre que me late, roja y sucia

que me embiste por dentro y se contiene

para no salir de golpe hacia tu corazón dormido,

desnudo de niñez, ciego de árboles.

Haz de mí un animal sonoro

y dame la palabra para que la mastique

para hacer con ella ave funeraria o pedregal

donde el tiempo nombre sus raíces

y sume al alfabeto su condición de espora,

vida de cuantas vidas sucesivas leguen sus multiplicaciones.



Dame la voz enferma, mutilada

para que sólo yo la escuche y la consuele

y me inyecte en los años la mitad del dolor

que por tu faringe cruza

o cae,

como sonámbulo erial de invierno.

No perdones los ojos, los ojos de mi madre,

las colecciones de ojos que apuntan a la nuca,

los ojos de mis hijos, de los hijos varones de la noche

o de las hijas ciegas que cuelgan del deseo.

Marca con el dedo cada franja de blanco,

cada pregunta que en la luz detiene la retina

y en un himno carcelario condena la hermosura.



Derríbame en la rabia de mil generaciones

y sígueme desnudo, muerte adentro,

con la boca cosida de cadáveres

hasta poder fingir, como Pessoa,

que alguna eternidad nos alimenta.



Sé verdugo de todo cuanto nombre



y deja que me incline para morir despacio

mientras siembro naciones en el verbo,

hazme negación y tinta,

pero deja este armazón que late

y me sostiene

para que te columpie,

para que te resbale como gota incendiaria

y amadamente tuyo surja de tus huesos.



Ahora que caemos sobre el día

ya sin alas

y el corazón nos ata con el látigo agudo de la tierra,

haz con tu voz un nido


y perdóname el cuerpo.


Sara Castelar