lunes, 13 de marzo de 2017

PIEL SOBRE VEINTE



La tarde es caprichosa, y simula un cerco de manantiales en las hendiduras de los balcones. Un sol o dos imagino, mientras tecleo incansable el tic tac de las teclas de un monitor que se queja del tiempo en los suburbios. Debería pintar el rocío, el octubre rojo de las esferas como la pértiga que desfloro en mi caligrafía, en mis momentos, en el mutismo de mi conciencia. Son casi las cinco de una hora taurina en el pensamiento. Ponerse la solapa al cuerpo que se desliza es corromper el agua de la saliva, el agua de los aljibes de ese segundo que secuestro en el armario de la repisa de mi cuarto. Los efectos son tangibles en esta primavera asfixiante si miro una fotografía que lleva años pegada a mi cerebro, y que me recuerda, el pétalo despintado de las camisetas que nunca me puse por miedo a decir los trabalenguas que los niños se cansan de repetir. Son casi las cinco, a las diez habré cometido la imprudencia de volver a pintar las cinco menos cuarto en mi litera, y volveré a sacudir las manecillas de los dioses y de las certezas. A piel sobre veinte, discutiré si las proezas sirven a rajatabla los oasis perfectos. Un muslo, un acento o quizás torpes como liebres.



Isabel Rezmo