lunes, 27 de abril de 2015

LA RECREACIÓN DE LA CREACIÓN






El cielo pusilánime escupe su castigo

mientras mi abuelo me conduce

del colegio a casa;

–de Omega al Dorado–.

Mi mano la guarda en el estuche de su mano.

Sobre nuestras cabezas sostiene, con pulso de atlante,

un majestuoso y onírico paraguas negro;

profunda obscuridad traspasada por un bastón;

noche de tormenta metamorfoseada en murciélago;

virgen blanca desgarrada por lengua de carbón;

cúpula por una luciérnaga parcialmente iluminada;

pieles de morcilla cosidas con mugre;

tinta china derramada sobre un pedazo de aire;

noche acotada por el filo de unas tijeras;

media capa adornada por cucarachas;

cargado café en plata negra transmutado;

uvas masacradas hasta formar una pasta diamantina;

alas de cuervo cubiertas por azogue;

tazas de nada repletas de chocolate espeso;

cuello moreno estrangulado por cabellos negros;

jirón de luna arrancado y cubierto de azabache;

plaza negra de arena negra con un toro negro

en el centro del ruedo negro con los cuernos

blancos pintados de negro;

una luz verde me arranca la nuca.

Nuestras pisadas pisan a los pulpos

enredados en nuestros pies.

Mi abuelo, que aquel día

era el hombre-araña,

golpeaba a mis enemigos

del autobús, de la escuela,

de los muelles del ascensor;

y aún hoy lo continúa haciendo

desde los orificios mojados

del firmamento siempre-vivo.

¡Temblad!,

mocos antropomórficos

pegados a las suelas de mis zapatos.


Raúl Herrero