jueves, 30 de abril de 2015

Los brotes de la santidad




La voz es avenida neblinosa;

la bruma es respiración del tiempo;

las huellas de la firmeza son la duda.

Prefiero su voz a los hipnóticos,

los diccionarios, los talismanes y la pasta,

–el esplendor ofrece el poema en la cavidad

del instante–;

su voz acciona los sonidos transpirados por la música.

Los muertos son ángeles sin alas,

los ángeles se visten con la voz

de su desnudo evangélico, invulnerable;

la niebla es la respiración de los arcángeles,

el tránsito de la voz lenitiva

hacia la esperanza nuevamente coronada.

Retengo en el arcón de la memoria su voz

–una hoz de niebla escrita sobre papel–,

los cuerpos se funden con el envés,

se envilecen,

pero aquella voz,

protegida por la sonoridad inquebrantable,

vuelve a llenarme una vez más

con la esponja que habita en el sueño

y la boca voluble del ser sin ser.

Su voz es una gota de luz

vertida en el principio de la eternidad.


Raúl Herrero