martes, 28 de abril de 2015

Reflejo de disparo azul (EL HIJO PRóDIGO)



Aquel lugar no era un parvulario,

ni un gimnasio, ni un educado edificio;

era un campo de niños

donde me habían obligado a crecer

deshaciendo losas bajo mis pies

y tirando de mis manos

hasta casi romperme por la cintura.

Desde el rubor silencioso

de sus paredes manchadas con patitas

de ciempiés anteriormente sumergidas en tintero

de sangre;

desde la mirada fosilizada de perdidos

estuches, reglas, compases;

todo en orden cadavérico,

me pesaban imágenes de otro tiempo

con cuerpos jóvenes que no han envejecido:

han muerto.

Supervivientes–verdugos,

erguidos sobre ataúdes

con toneladas de martillos dentro de la cabeza,

repiten, con la misma tosquedad que en mi infancia,

los pasos de un minué desmayado,

entre pútrido y pétreo.

Me he disfrazado para la ocasión

con siglos encapotados en capa,

con manos artificiales de poliéster

y mirada ahogada de bufón.

Un momento de tempestad y...

... ni calma...

... ni hastío...

... ni pasión...

... un hueco que me atraviesa

desde la espalda hasta el escudo de hojalata.

Al concluir mi pequeña gestación

alguien me saluda junto a las duchas;

para entonces ya no escucho ni veo.

Mis sentidos se acurrucan entre los brazos de

una sombra.

Tempus fugit.


Raúl Herrero