sábado, 9 de julio de 2016

Siempre



Nada ha permanecido.

Ya no están los pastos verdes

salpicados de flores blancas,

ni los senderos creados por mis pies

descalzos en los días de lluvia,

ni los helechos silenciosos bajo

las ancianas hayas

ni la cabaña rodeada de nubes bajas.

Nada ha permanecido.

Ya no se oye el ruido de la puerta

de madera al amanecer,

ni el agua corriendo en el pozo,

ni murmurar la acequia tras del huerto,

ni el bostezo de las desvencijadas

ventanas cuando baja el sol,

ni los lobos, a lo lejos, recibir a la noche.

Nada ha permanecido.

El tiempo cruel ha hecho

cambiar mi mundo.

El hombre cruel derribó sin pestañear

la cabaña de mi abuelo.

La máquina cruel derribó el alma de

mis hayas y mis helechos.

El frío cruel borró mis pisadas de los caminos.

Nada ha permanecido pero sigue conmigo.

Sigue conmigo en las noches

cuando me acuesto de espaldas al día,

y en las mañanas de prisas

algo me dice que pare un momento,

que respire hondo, que sienta el recuerdo.

No me lo han quitado.

Permanecerá siempre.


Pepa Pardo