viernes, 23 de mayo de 2014

AGUA Y SAL



Pronto aprendí el sabor de las lágrimas

aunque rara vez comprendí su razón.


De niña solía esconderme para llorar

sin que mis padres me vieran:


una hija de tres años que llora sin cesar

era un mal presagio que ellos no merecían.


Lloraba y lloraba sin saber por qué,

pero jamás fui tan feliz

-qué penosa y cerril paradoja-.


El ángel custodio que me tocó en suerte

no era un tipo lo que se dice locuaz:


tallado en acero y sueño,

permanecía mudo durante horas

observando mis torpes pasos

y juegos; pronto me acostumbré

a su presencia inevitable y

silenciosa.


Nos retamos varias veces en duelo

de miradas pero jamás respondió

a ninguna de mis preguntas.


Un mal día desapareció sin despedirse,

dejando una nota escrita

con tinta de vómito en mi almohada:


'recuerda que estás hecha

de cieno y sal, como la Tierra;

su dulzura será tu alegría,

su brutalidad será tu tristeza'.


Se llevó consigo el enigma y la promesa,

me dejó la soledad y sus estragos.


Durante un tiempo lo eché de menos,

pero entregada a crecer y a malograrme

pronto olvidé sus enseñanzas.


Creo que alguna noche me visita

en sueños para reprocharme lo inmadura

y mediocre que soy, y lo poco

que he aprendido de la vida


-uno más de sus

proyectos fracasados-.


Yo le replico que eso no es del todo

cierto, que ahora al menos ya no necesito

esconderme para llorar:


he aprendido a ocultar la delatora lágrima

en los bordes de una risa escandalosa.


Pero tiene razón en todo el maldito ángel.

Sigo llorando igual que cuando era una niña

y sigo también sin entender los motivos.


Seguramente no hay nada que entender

porque

seguro

que

no

hay

nada.


Por eso lloro sin razón y sin consuelo.



Lidia Li