viernes, 19 de noviembre de 2010
jueves, 18 de noviembre de 2010
Poesía del miedo Premio del público (III)
SENDA DEL CHAMÁN
Es la voz de la extensión que habla
A las uñas y al hueso.
Henry Michaux
Ahí, al otro lado, alguien
Sigue un rastro de sangre donde
siquiera hay una ruta. Tú ya
Cruzas justo el mismo umbral
blanquecino que aparecía en tu
último sueño, vagas a ciegas,
apuras el bebedizo y su sino.
Ese halo te sume en el delirio.
Quizás luego has de perder pie,
quizás no vale sino abandonarse
más allá de cualquier voluntad,
a las esferas en ciernes, a ciertos
gestos, parajes y encrucijadas,
al trance y a la gran fosa celeste
que también emana del embrujo.
Y frente al despeñadero,
el tuétano hecho mirador.
Cuando solo, ante el vacío,
debes oírte por tus verdaderos
nombres, merced a quien te
suplanta… como si tu entraña
albergara únicamente dunas, una
suerte de laberinto, qué vía.
Todo el horizonte igual que
escamas, todo cuanto el espanto
vaticina, acaricia acá la yema
de los dedos. En ese ocaso, tal
abra, una pluma de cóndor bate,
sacude el aire glacial de hace eras.
Algo, furtivo, surgido de la
luna, mitad hidra, mitad jaguar,
se convierte a su vez en canoa
y cauce, en hormiguero, lasca,
liana, mientras tú avivas en mi
cadáver naciente un alfabeto de
lumbre. La llama que es tarántula.
Tantos ecos como eriales.
Tantos velos como hendiduras.
Acaso otras constelaciones y
universos, colgando de un hilo
gris, se suceden a vista de pájaro
y de repente caen por sí solos
al fondo, a la sima concéntrica
dentro del embudo de arena.
Como el atisbo el extravío.
Tu ser y las demás figuras despe-
dazados entre cometas, desde
el orbe donde cada pasaje aflora.
Epitafio
No quedan huellas atrás.
Por delante nada más
Que un regreso hacia la
Faz insondable del origen.
José Luis Mártinez Mallada
miércoles, 17 de noviembre de 2010
Poesía del miedo Premio del público (II)
GANAR ALTURA: PERDERSE
Para quienes han heredado
tantas preguntas de su ausencia
Imitan los índices bursátiles
las curvas de un reptil presuntuoso.
El mercado es quien rige las conciencias.
Insaciables turistas energéticos
exigen la belleza del petróleo.
Pudren las fuentes
cada vez más finitas del planeta.
Los padres aceleran la infancia de sus hijos
con teléfonos móviles.
Los jilgueros de Dios son armas
de destrucción masiva.
Sufre el joven de puro corazón
(alas presas en el estómago:
todas las utopías que bebió)
se desabrocha el pecho
(su mariposa libertaria
contra los parabrisas de la publicidad)
y se mira de frente la impotencia.
En la clarividencia de un relámpago
decide soltar lastre
despojarse del tiempo que le queda:
se lo entrega al abismo generoso.
Antes no ser
que claudicar.
Blanco devora al negro
en su código de barras
el alma derrapando
en facciones sin rostro.
Cuando abre los ojos
sólo escucha la nieve.
Epitafio
Quiso vivir
en el temblor de los límites.
Emilio Pedro Gómez
martes, 16 de noviembre de 2010
Poesía del miedo Premio del público (I)
Salir de casa
Atraviesa la plaza, gana la cuesta, para qué
apresurarse, permanece de pie, sólo
quiere estar en sus zapatos, acaso
se equivocó de siglo, de oficio, de país,
ni siquiera sabe si acertó con el disfraz
perfecto de persona inofensiva
que teme a hombres y alimañas.
Las personas son otras
cuando las cambiamos de sitio:
Hay pájaros que salen a la sombra
de quien piensa devorarlos.
Epitafio
“Avanzó en lo particular hasta perderse en él”.
David Mayor
lunes, 15 de noviembre de 2010
Poesía del miedo Primer premio
Luces,
cámara,
¡acción!
Sopla el viento, chispea la lluvia, se extiende la bruma
con ojos verdes baja con calma la escalera. Empuja a todo transeúnte cauteloso
en un halo de sábanas blancas aparece ante ti
con gafas oscuras, cabellos mojados dispara un fusil sin gatillo
el ascensor se eleva
sale a la azotea
me llama con la voz triste de mi madre.
Llueve con fuerza
mis heridas trepan por las grietas de las palabras
y serpentean sobre el empedrado del texto
espíritus encorvados sobre los renglones, se calientan con fuegos encendidos en latas
pasa un jinete al galope
ella, cobijada en el crepitar del quinqué se abraza a él con más firmeza.
Ecos de carcajadas tenebrosas afilan los cuchillos, cabritos blancos brincan de las palabras
mis heridas hierran un caballo que no relincha
ella, cobijada en canciones de cuna se abraza a mí con más firmeza.
En un halo de sábanas blancas mi madre cae del caballo.
Se había desmoronado el tinglado de mi choza de adobe
y enterrado en los muros y ladrillos caía precipitado en sus brazos
para que con un beso húmedo y helado
me recosiera junto a mis llagas a estas calles
en la calle, sobre las líneas formadas por mis heridas
una chiquilla jugaba a la rayuela, exhibiendo sus cabellos trenzados
frente a palabras raídas, impregnadas aún del olor del adobe y los cascotes.
Un terremoto de llanto
cava un cementerio viejo de recién casadas
en las colinas temblorosas de mi cuaderno de ejercicios
sus ojos verdes y su nombre huían del marco, huían de la gramática.
Esta noche, las sirenas y los bombardeos
me llevan miles de páginas atrás
para que la suba a lomos del caballo con sus ojos verdes
y atraviese el cementerio al galope
la lluvia borra mis heridas del empedrado y dibuja bajo estos renglones una línea roja
los relinchos de los caballos se mezclan con la lluvia
Si no llueve, si no se extiende la bruma
si no oís el disparo de un fusil sin gatillo
y una mujer con los ojos verdes, gafas oscuras y un halo de sábanas blancas
no baja las escaleras para pararse frente a vosotros y decir "¡corten!"
peatones cansados y mudos
repetid alguna fórmula mágica para que los espíritus huyan de vosotros
y no os atrapen en la trampa de mi memoria.
Epitafio
De pies a cabeza
cubierto de espinas silvestres
corro en los fuertes vientos.
Si no fueras tan bella,
el infierno no sería tan ardiente.
Mohsen Emadi
cámara,
¡acción!
Sopla el viento, chispea la lluvia, se extiende la bruma
con ojos verdes baja con calma la escalera. Empuja a todo transeúnte cauteloso
en un halo de sábanas blancas aparece ante ti
con gafas oscuras, cabellos mojados dispara un fusil sin gatillo
el ascensor se eleva
sale a la azotea
me llama con la voz triste de mi madre.
Llueve con fuerza
mis heridas trepan por las grietas de las palabras
y serpentean sobre el empedrado del texto
espíritus encorvados sobre los renglones, se calientan con fuegos encendidos en latas
pasa un jinete al galope
ella, cobijada en el crepitar del quinqué se abraza a él con más firmeza.
Ecos de carcajadas tenebrosas afilan los cuchillos, cabritos blancos brincan de las palabras
mis heridas hierran un caballo que no relincha
ella, cobijada en canciones de cuna se abraza a mí con más firmeza.
En un halo de sábanas blancas mi madre cae del caballo.
Se había desmoronado el tinglado de mi choza de adobe
y enterrado en los muros y ladrillos caía precipitado en sus brazos
para que con un beso húmedo y helado
me recosiera junto a mis llagas a estas calles
en la calle, sobre las líneas formadas por mis heridas
una chiquilla jugaba a la rayuela, exhibiendo sus cabellos trenzados
frente a palabras raídas, impregnadas aún del olor del adobe y los cascotes.
Un terremoto de llanto
cava un cementerio viejo de recién casadas
en las colinas temblorosas de mi cuaderno de ejercicios
sus ojos verdes y su nombre huían del marco, huían de la gramática.
Esta noche, las sirenas y los bombardeos
me llevan miles de páginas atrás
para que la suba a lomos del caballo con sus ojos verdes
y atraviese el cementerio al galope
la lluvia borra mis heridas del empedrado y dibuja bajo estos renglones una línea roja
los relinchos de los caballos se mezclan con la lluvia
Si no llueve, si no se extiende la bruma
si no oís el disparo de un fusil sin gatillo
y una mujer con los ojos verdes, gafas oscuras y un halo de sábanas blancas
no baja las escaleras para pararse frente a vosotros y decir "¡corten!"
peatones cansados y mudos
repetid alguna fórmula mágica para que los espíritus huyan de vosotros
y no os atrapen en la trampa de mi memoria.
Epitafio
De pies a cabeza
cubierto de espinas silvestres
corro en los fuertes vientos.
Si no fueras tan bella,
el infierno no sería tan ardiente.
Mohsen Emadi
domingo, 14 de noviembre de 2010
Canción desesperada en la puerta de un prestamista (posmoderna autodestrucción I )
Canción desesperada en la puerta de un prestamista
(posmoderna autodestrucción I)
Imagine un mundo sin fantasmas, sin sombras,
pequeños círculos vitales, el café de las seis
de la tarde, el de las siete de la mañana,
mañana no te querré o no sabré hacerlo
subirán tanto los impuestos que mi círculo
se anulará en el tuyo. Imagine, si puede,
un mundo sin sombras, déjese llevar
por la fuerza concéntrica de las miradas
y el deseo. Mi espacio anulado nos anula,
cómo vivir contigo si no puedo pagarme
mi suelo, mi amor, mi hambre.
(posmoderna autodestrucción I)
Imagine un mundo sin fantasmas, sin sombras,
pequeños círculos vitales, el café de las seis
de la tarde, el de las siete de la mañana,
mañana no te querré o no sabré hacerlo
subirán tanto los impuestos que mi círculo
se anulará en el tuyo. Imagine, si puede,
un mundo sin sombras, déjese llevar
por la fuerza concéntrica de las miradas
y el deseo. Mi espacio anulado nos anula,
cómo vivir contigo si no puedo pagarme
mi suelo, mi amor, mi hambre.
Ignacio Escuín
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