viernes, 31 de mayo de 2013
Solo eso
Unos labios sin destino,
los tuyos...
que como amantes de la mano
bajo la lluvia mansa de París
paseen completamente empapados
por los Campos Elíseos de mi cuerpo.
Unos dedos trémulos,
los tuyos…
que como nazarenos por Sevilla
en noches de pasión
procesionen cargados de fe
por el dédalo de callejuelas
que es el casco antiguo de mi piel.
Unos ojos de bosque,
los tuyos…
que colmados de dulces otoños
como la misma miel
guarden apresadas todas mis miradas
en el ámbar de sus pupilas.
No es tanto lo que escribo
apenas todo lo conocido.
Todo lo tuyo,
toda tú.
Solo eso.
Tomás Soler Borja
jueves, 30 de mayo de 2013
Comulgo
Tu cuerpo,
alfa de la luz del deseo,
omega de toda sombra de hastío
es un templo gótico,
una blanca aguja guiando mis labios
en el viaje al séptimo cielo.
Ante el que yo,
pecador de un solo pecado
me postro lleno de fe
en la dulce penitencia
de rezar la oración primera.
Que me acoja la eternidad
en su cálido seno
si esa es la salvación prometida,
pues yo, feligrés de una sola iglesia,
con pasión comulgo
en el altar de tu amor sagrado.
Tomás Soler Borja
miércoles, 29 de mayo de 2013
Mi todo
M
I
T
O
D
O.
Tu cuerpo, tu bello cuerpo de seda y fuego,
hermoso cáliz colmado de deseo,
dulce néctar de amor y miel
es una copa en la que
mis labios,
mi boca
.
.
.
m
i
t
o
d
o
apagan su sed.
Tomás Soler Borja
martes, 28 de mayo de 2013
Itaca
Muéstrame con tus ojos
de promesas de sur
el regreso a Itaca,
la vuelta a casa
desde estas soledades pálidas
tan al norte de tu boca.
Muéstrame el camino
que desde esta fría Europa,
tierra de penumbras,
me acerque por ríos y desiertos,
valles y montañas
hasta el estrecho luminoso
que anticipa África,
continente madre de toda vida.
Muéstramelo ya,
sin demora,
con el fuego de tu amor
trazando el meridiano trémulo
que guíe mis ansias de viaje
por los derroteros del deseo.
Tomás Soler Borja
lunes, 27 de mayo de 2013
Letras
En la alquimia del sentimiento
transmutado en cuerpo
sobre el alambique del papel…
Uno, pobre nigromante de la lírica,
encerrado en la azotea del pensamiento,
preso entre tanta sinapsis,
pare letras desde el vientre frío
de un simple pedazo de madera
con alma de carbón.
Y éstas, insensatas todas ellas,
plúmbeas damas de lo oscuro,
nada más tocar la virginidad
de un lienzo en blanco,
de una inmaculada palidez
deseosa de ser mancillada
por la punta roma del afilado verso,
pasan a tener vida propia,
a respirar por si solas
en el Universo infinito de la poesía.
Tomás Soler Borja
domingo, 26 de mayo de 2013
Llovimos tanto que me ahogué
Hablamos tanto de la lluvia
que un trueno acabó atravesándome la garganta
y tuve que escapar.
Tu vida o tu corazón, me dijo alguien,
quiero pasar mi vida en el suyo, le dije yo,
pero eso no era posible,
era tan imposible como un amor platónico cumplido,
como tú y yo cumplidas,
como tú,
como pedirte que te quedaras después
o vinieras antes,
como mantenerte encendida
al otro lado de la calle
viéndote por la noche sin poder tocarte
y no consumirme en el esfuerzo
de querer tu imposibilidad
al lado de mi almohada,
como negarte a ti
y no negarme a mí en el intento,
como olvidar tu pelo,
como fingir que no estás
detrás de cada palabra que me perturba,
como pretender saber
no echarte de menos
y conseguirlo,
como asentir
creyendo que es cierto
eso de que es el frío
el que hace las ausencias más largas
cuando ahora la única que existe es la tuya
en medio de este incendio de cenizas.
Te acabas de ir
y tus ruidos ya se escuchan por las noches.
Era tan imposible
-tan
imposible
como
pedirte
que
te
quedaras
conmigo-.
La tormenta me sorprendió contigo atrapada en la mirada,
lanzando botellas al mar llenas de besos
que nunca llegaban, que se extraviaban, que se equivocaban de puerto,
que se rompían intentando llegar a mi boca
y confundían mis barcos y me llenaban de cristales los labios
que, pegados a la ventana,
congelados,
solo esperaban verte aparecer.
Y entonces un día me dejé vencer,
olvidé dónde buscarte,
comencé a despegar
tus nudillos de mis pulmones,
me eché la sal de tu sudor perdido
en los ojos,
prohibí tu olor en mis domingos
y escribí todos los antónimos
de tu nombre en mis ventrículos,
si no te olvido a ti
no les olvidaré a ellos,
y al final lo único que quedó
fue un miedo tan inmenso como inconfesable
y un deseo,
solo quería marcharme de ahí y dejar de esperarnos,
irme lejos, pensando que lejos es donde no estás,
sin darme cuenta de que donde realmente estás es en mí,
y que no te irás hasta que yo lo decida.
Pero empezaba a tener frío
y tú no venías a curármelo,
así que tuve que pedirte sin decírtelo
que me volvieras a dejar en tierra y siguieras con tu vuelo,
pero antes quise hablarte del cielo que te rodea,
de que cuando hablas realmente creo
que los relojes carecen de sentido
si no es para pararlos y escucharte un rato más
-solo un ratito más, lo juro-,
que tuve todos los continentes en mis bolsillos
después de tu abrazo
porque cuando tú respiras
el mundo, a veces, se paraliza,
y otras, en cambio, se tambalea,
pero eso es algo que solo entendemos
los que hemos visto a la poesía perder las comillas,
que tu risa astilla las penas
y que aunque nos encontráramos en medio de una guerra
que por no querer luchar terminamos perdiendo,
encontré la paz en tus maullidos,
y fuiste algo así como volver a casa
por primera vez
después de perder mil batallas en la espalda.
Quise decirte que mi papel
siempre se redujo a contemplarte desde lejos
y volverte tinta,
que pudimos
y aunque no fuimos
siempre seremos
-ojalá entiendas eso-,
que nos hicimos el amor
una noche que llovimos
y por eso te llevaré conmigo
siempre.
Que ojalá la huida
hubiera sido de tu cama a la mía,
que ojalá la lucha
se hubiera reducido a morderte las caderas
y no a este cansancio
lleno de ojeras mudas,
que ojalá volviera a verte
cada invierno de mi vida
y vieras que contigo nunca tuve prisa
porque conocerte es viajar y besar
dulce y lento
un día de invierno
llenas de frío por fuera
y de amor por dentro.
Y que ojalá sonrías
y no te culpes
ni te castigues:
tú cambias vidas,
pero no destinos.
Elvira Sastre Sanz
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